
Primavera en los viñedos: de la brotación a las primeras uvas
29 de Septiembre de 2026
Por Alejandro Iglesias
29 de Septiembre de 2026
En septiembre, basta con volver a un viñedo una semana despues para encontrar otro paisaje. Las hileras desnudas del invierno empiezan a cubrirse de verde, aparecen brotes nuevos y los equipos recorren las fincas con atención. La vid despertó y la cosecha que llegará varios meses después empieza a tomar forma.
El calendario cambia con la geografía. Cafayate, Mendoza, San Juan, Río Negro o Chubut tienen temperaturas, altitudes y fechas de brotación diferentes. Argentina tiene varias primaveras vitícolas.
El aumento de las temperaturas activa las yemas que permanecieron dormidas durante el invierno. Primero asoma una punta verde. Después aparecen hojas, brotes y las inflorescencias que darán origen a los racimos.
La planta acelera. Los viticultores eliminan brotes innecesarios y acomodan los restantes entre los alambres para ordenar la vegetación y distribuir la fruta.
En esta etapa aparece uno de los grandes temores de la primavera: las heladas tardías. Los tejidos jóvenes resultan sensibles a temperaturas bajo cero y una madrugada fría puede dañar brotes e inflorescencias. El riesgo cobra especial importancia en regiones como Mendoza y Patagonia, donde las heladas primaverales pueden coincidir con plantas en pleno crecimiento.
Entre octubre y noviembre, según la región y la variedad, llega la floración. No esperes un espectáculo digno de Instagram: las flores de la vid son diminutas, verdes y discretas.
Tras la fecundación comienza el cuaje. Parte de esas flores se convierte en pequeñas bayas y el productor obtiene una primera lectura de la carga de la futura cosecha. Frío, lluvia o viento durante la floración pueden dificultar este proceso y dejar racimos con menos uvas.
A esta altura, el viñedo ya exige trabajo constante. Los equipos conducen brotes, controlan el estado sanitario y manejan el riego. En las regiones áridas de Cuyo, administrar el agua resulta una tarea central.
Después del cuaje, las bayas empiezan a crecer. Al principio son verdes, duras y diminutas. Sus células se multiplican y expanden hasta aumentar el volumen del fruto.
La imagen cambia semana a semana. Las uvas alcanzan el tamaño de una arveja y continúan creciendo mientras conservan mucha acidez, clorofila y poco azúcar. En los racimos más compactos llega un momento en que las bayas empiezan a tocarse: los técnicos lo llaman cierre de racimo.
Hacia diciembre, muchos viñedos argentinos ya muestran racimos definidos. En las zonas más cálidas el ciclo avanza antes; la altura, la latitud, la variedad y las temperaturas pueden retrasarlo en otras regiones.
Todavía falta bastante para descorchar esa cosecha. Pero si recorrés un viñedo al final de la primavera y levantás una hoja, ahí estará el vino del año siguiente: verde, duro y del tamaño de una arveja.
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