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06 de Noviembre de 2026
Por Iglesias Alejandro
06 de Noviembre de 2026
El 24 de noviembre, Argentina celebra su Día Nacional del Vino. Y tiene motivos de sobra: viñedos a más de 3.000 metros de altura, vides centenarias, variedades que encontraron una segunda patria y una diversidad de paisajes que pocos países vitivinícolas pueden ofrecer.
Desde 2013, el vino argentino tiene reconocimiento como Bebida Nacional, una distinción que reconoce su importancia cultural, económica y social. Pero detrás de ese título hay historias, territorios y decisiones que explican por qué nuestro país merece levantar la copa.
En los Valles Calchaquíes, los productores cultivan viñedos por encima de los 3.000 metros, entre los más altos del planeta. En Mendoza, San Juan y Jujuy, la altura también define estilos. La intensa radiación solar, las noches frías y la amplitud térmica favorecen uvas con buena concentración y acidez. Una combinación que permite elaborar vinos de carácter singular.
Desde Jujuy hasta Chubut, la vid encontró paisajes y climas muy diferentes. Argentina produce vinos en valles desérticos, oasis cordilleranos y zonas patagónicas de clima frío. A ese mapa se suman proyectos cercanos al Atlántico, donde los productores exploran la influencia marítima. Pocos países ofrecen semejante amplitud geográfica para cultivar uvas.
Argentina conserva viñedos de Malbec, Criolla, Bonarda y otras variedades plantados hace décadas, algunos con más de un siglo de historia. En zonas como Las Compuertas, Luján de Cuyo, y el Valle de Calingasta, los productores recuperan parcelas históricas y técnicas tradicionales. Estas plantas aportan diversidad genética y permiten preservar un patrimonio vitícola que el mundo valora cada vez más.
El Malbec llegó desde Francia y se convirtió en emblema nacional. El Torrontés Riojano desarrolló una identidad argentina a partir de cruces naturales entre variedades introducidas durante la época colonial. La Bonarda, de origen italiano, encontró su lugar entre las tintas más cultivadas. Tres historias diferentes que explican la capacidad del país para construir estilos propios.
En gran parte de Argentina, los viñedos crecen bajo condiciones áridas y dependen del agua de deshielo de los Andes. Desde las acequias históricas hasta el riego por goteo y los sistemas de monitoreo hídrico, generaciones de productores aprendieron a administrar un recurso escaso. Esa relación entre montaña, agua y agricultura forma parte de la identidad del vino argentino.
La vendimia, los asados familiares, las bodegas centenarias y los pequeños productores forman parte de una tradición compartida. El vino genera empleo, sostiene economías regionales y acompaña la gastronomía cotidiana. Su reconocimiento como Bebida Nacional también celebra a quienes cultivan, elaboran, sirven y comparten esa historia.
Este 24 de noviembre, elegí un vino de una región que todavía no conozcas, recuperá alguna variedad olvidada o descorchá una botella de un productor que te genere curiosidad.
El Día del Vino Argentino merece un brindis que tenga algo para contar.
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